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2011/12/22

Dulce Q







Y como cada año, cuando llega el final de diciembre, se nos viene encima la avalancha navideña. No es mi intención criticar los belenes, ni la iluminación abusiva, ni siquiera la lotería. Hoy, por estar a dieta, me pienso centrar en los dulces. Ese complemento tan querido y con tantas formas que nos sirve para celebrar el nacimiento de Jesus. Si hay algún despitado siguiendo estas líneas, que sepa que todo lo que rodea estas fechas, es religioso, bueno, prácticamente todo.La nochevieja se salva, pero claro, ahí todos los años nos pillamos religiosamente un pedo de dimensiones bíblicas.

Empezemos con lo típico. Los turrones. Es obvio que en la naturaleza no existen tantos sabores como variedades de turrón conviven. En esta orgía de diferencias hace años que se ganó la carrera. Los grandes chefs de cocina se inspiran en las diferentes tabletas de delaviuda para crear los platos que les sumarán estrellas michelón. Los supermercados y las cestas de navidad son la punta del iceberg de ese ecosistema de colores. El paladar humano se ha quedado obsoleto, es inutil tratar de aprehender los sutiles aromas que una tableta de tres variedades nos ofrece, y todo, efectivamente, recubierto con una pequeña capa de crokanti.

No es por despreciar a nadie, ni meter cizaña, pero los mazapanes perdieron el tren de la diversidad en lo que al gusto se refiere. Saben todos igual. A mazapán. Un único sabor, con su característico recubierto brillante para deleitar nuestras pupilas. No sé por qué no hay mazapanes de chocolate, de naranja, o de, pongamos, peras al vino sobre un lecho de dulces almendras. No los hay. Pero como bien nos enseñó Darwin, si han sobrevivido en esta dura jungla de dulces es por algo especial. Su forma. Existen mazapanes con forma de locomotora, con forma de dignidad, he incluso, mazapanes con forma de mazapanes. Estos últimos, se denominan metamazapanes, y son consecuencia de la simetría del universo, como bien describe la Teoría de Cuerdas. Existe una leyenda que cuenta que no es posible crear una forma que no pueda ser recreada con mazapán.





Llegados a este punto, no podemos dejar de mencionar los polvorones. Este clásico dulce navideño, procedente de las bolsas de la aspiradora, aderezado con azucar glasse. La de miles de apuestas que se hubieran perdido sin su existencia, hasta la palabra pamplona sobraría en el diccionario. Las 12 uvas, comúnmente intercambiadas por estos cacharros blancos y pastosos, no tienen ni el glamour ni el riesgo de los envueltos en celofan. ¿Quién no ha estado a punto de perder la vida por atragantarse con un par haciendo la típica broma de decir desmigar con la boca llena? Y luego pretenden prohibir el tabaco. Señores, seamos coherentes, lo que llena el cementerio de cadaveres en navidad son estos amasijos blancos. Tomen medidas antes de que sea demasiado tarde. He hablado.



Y bien, para terminar, acabamos con el dulce final. No, no es el titulo de una pelicula de terror de bajo presupuesto, estoy apuntando al roscón de reyes. La ruleta rusa de los dulces, la mina de oro de los ortodoncistas. ¿Dónde está la gracia de comer un alimento en el que sabes a ciencia cierta que existe un objeto solido y punzante en su interior? ¿Sade tuvo un verano pastelero? ¿Sabe esto la OMS? ¿Es que nadie ha pensado en los niños? Es una trampa preparada al detalle. Los colores brillantes de las frutas acarameladas distraen tu atención del interior mullido de bizcocho. Cuando llegas al punto clave ya no hay marcha atrás. Te has reventado las muelas. Y para más cojones, te toca pagar el desayuno. Lo encuentro demasiado similar a obligar a cavar la fosa en la que te enterrarán. Pero claro, tiene nata. Y es navidad.

Después de esta reflexión, solo me queda daros un consejo. Recordad, que si administráis bien los dulces navideños, podréis acabar con el típico primo pesado, la tía que siempre te pregunta por si tienes novio o el sobrino que no para de levantarte la falda. ¿Habéis pensado en invitar al jefe? Yo le pienso sacar los polvorones que me ha regalado con la cesta, no sabe que acaba de firmar su sentencia de muerte. Y después, pan de cadiz.


(publicado en la Gallina Vasca nº33)

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